Casi todos los organismos, desde insectos hasta humanos, producen péptidos cortos con actividad antimicrobiana. Suelen tener carga positiva y una parte hidrofóbica: la carga los atrae hacia las membranas de los microbios, cargadas negativamente, y la parte hidrofóbica les permite insertarse en ellas y desestabilizarlas.
En humanos hay dos grandes familias: las defensinas y la única catelicidina, cuyo fragmento activo es el LL-37, llamado así porque empieza con dos leucinas y tiene 37 aminoácidos. Se produce en neutrófilos, en la piel y en las mucosas.
Su papel va más allá de matar microbios: el LL-37 atrae células inmunes, influye en la cicatrización y modula la inflamación, en algunos contextos de forma protectora y en otros amplificándola. Esa doble cara hace que su investigación exija un análisis cuidadoso del modelo experimental.
El interés por estos péptidos crece por la resistencia a los antibióticos, porque a los microbios les cuesta más desarrollar resistencia frente a un mecanismo que daña la membrana. La mayoría de los estudios siguen siendo preclínicos.
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