Cuando un tejido se lesiona, necesita más riego para repararse. Las células de la zona liberan señales —la más conocida es el VEGF (factor de crecimiento del endotelio vascular)— que estimulan a las células de los vasos cercanos a dividirse, migrar y formar nuevos capilares.
Es un proceso de doble filo. Favorecerlo puede acelerar la cicatrización en tejidos poco irrigados, como tendones y ligamentos. Pero la angiogénesis también es necesaria para que un tumor crezca, y un exceso participa en algunas enfermedades de la retina. Por eso cualquier estrategia que la estimule requiere valorar el contexto.
Varios péptidos estudiados en reparación se han relacionado con la angiogénesis en modelos experimentales: el BPC-157 (asociado a la vía del receptor VEGFR2), la timosina β4 de la que deriva el TB-500 y, en piel, el GHK-Cu.
La angiogénesis es uno de los mecanismos más citados para los péptidos de reparación. Saber que es un proceso con riesgos además de beneficios ayuda a leer esa literatura con equilibrio.
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