Muchas hormonas peptídicas duran muy poco en circulación: los riñones las filtran y las enzimas las degradan en minutos. La lipidación ataca ese problema de raíz. Se une a una cadena lateral (habitualmente una lisina) un espaciador y un ácido graso o diácido graso de 16 a 20 carbonos.
Esa cola grasa hace que el péptido se una de forma reversible a la albúmina, la proteína más abundante del plasma. Unido a ella, el péptido es demasiado grande para filtrarse por el riñón y queda protegido de las enzimas; se va liberando poco a poco.
Es la tecnología detrás de los agonistas de GLP-1 de acción semanal: la semaglutida lleva un diácido de 18 carbonos y la tirzepatida uno de 20. La cagrilintida, análogo de amilina, usa la misma estrategia.
La cadena de ácido graso aporta una parte importante del peso molecular y hace a estas moléculas más «pegajosas» (tienden a adsorberse a superficies y a agregarse). Por eso su manejo, su análisis por HPLC y su reconstitución tienen particularidades propias.
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