Cuando una sustancia se administra por cualquier vía distinta de la intravenosa, una parte se pierde antes de llegar a la sangre: no se absorbe, se degrada en el lugar o, si pasa por el tubo digestivo, la destruyen las enzimas y el hígado antes de circular (el llamado efecto de primer paso).
Para los péptidos la vía oral es especialmente hostil: el ácido del estómago y las proteasas del intestino los fragmentan y, por su tamaño y carga, atraviesan mal la pared intestinal. Por eso la biodisponibilidad oral de la mayoría de los péptidos es muy baja y la vía subcutánea es la habitual en investigación y en los fármacos peptídicos.
Hay excepciones logradas con tecnología de formulación: la semaglutida oral usa un potenciador de absorción (SNAC) y aun así su biodisponibilidad ronda el 1%, lo que obliga a cantidades mucho mayores que por vía subcutánea.
Al leer un estudio, la vía de administración cambia por completo la interpretación: un resultado obtenido por vía intraperitoneal en roedores no dice nada directo sobre lo que ocurriría por otra vía.
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