La liofilización nunca elimina el 100% del agua: una parte queda unida a las moléculas de péptido y a los contraiones. Se mide habitualmente con la titulación de Karl Fischer, una técnica específica para agua, y se expresa como porcentaje del peso.
Esa agua importa por dos razones. La primera es química: las reacciones de degradación como la desamidación o la hidrólisis necesitan agua, así que un polvo con más humedad se degrada más rápido. La segunda es de cálculo: el agua pesa, y un contenido alto reduce el porcentaje de péptido real en cada miligramo.
El polvo liofilizado es además higroscópico: absorbe humedad del aire. Por eso los viales deben mantenerse cerrados y, si se sacan del frío, dejar que alcancen la temperatura ambiente antes de abrirlos para que no se condense agua sobre el contenido.
Un polvo que se ve pegajoso, colapsado o húmedo ha absorbido agua. Es una señal de que su estabilidad puede estar comprometida, aunque el certificado original fuera correcto.
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