La temperatura acelera casi todas las reacciones de degradación: como regla general, cada aumento de unos 10 °C multiplica su velocidad. Por eso la conservación de un péptido depende de su estado. Liofilizado, bien cerrado y protegido de la humedad, tolera razonablemente periodos cortos a temperatura ambiente, como un envío, y para almacenarlo a largo plazo se recomienda frío. Reconstituido, en cambio, debe mantenerse refrigerado (2-8 °C) de forma continua.
Congelar no siempre es mejor. Una solución de péptido que se congela y descongela repetidamente sufre crioconcentración y cambios de pH que favorecen la agregación. Si se congela, conviene hacerlo en alícuotas de un solo uso.
La luz y la humedad completan la ecuación: los viales deben guardarse en su caja, lejos de la luz directa, y el material liofilizado no debe exponerse al aire húmedo al abrirlo en frío, porque condensa agua sobre el polvo.
Una buena parte de los problemas de «producto que no funciona» se explican por almacenamiento inadecuado después de recibirlo, no por la calidad de origen. La cadena de frío es responsabilidad compartida.
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